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Hace
unas décadas atrás —podríamos decir que incluso en la década del ’60,
con todo lo que tuvo de revolucionario en materia de sexo— eso era
fundamental para dividir a las mujeres en recatadas, liberales y
locas. Por esa época la mujer que se acostaba en la primera cita era
una loca rematada, si lo hacía apenas transcurridos los primeros
encuentros era de costumbres liberales, y si lo hacía luego de años de
noviazgo era una joven recatada. Hoy los plazos se fueron acortando,
de tal manera que la diferencia de tiempo para aceptar acostarse,
entre una loca de remate, una liberal y una recatada podría oscilar
entre los quince o veinte minutos.
Ya no sucede, como pasaba
antes, que los padres sientan temor de que su hija se acueste en la
primera cita. Ahora el temor es que no lo haga, que su posible pareja
se desencante por ello y se vaya, y tengan que aguantarla en casa para
el resto de la vida.
Frente
al hecho de tener relaciones antes del matrimonio —a pesar de que el
matrimonio no esté en los planes o que éste nunca llegara a
consumarse— se ven tanto a mujeres ansiosas por llevar a cabo
relaciones sexuales como aquellas que son temerosas de hacerlo. Pero
unas y otras tienen sus relaciones generalmente en las citas
iniciales: las ansiosas debido a su desasosiego por saber cómo es el
otro y las temerosas para ir a los bifes enseguida y no tener un
desengaño en el futuro. De cualquier manera no se sabe si las mujeres
actuales, con su recurrencia al lecho, buscan el ideal de pareja o
están haciendo un casting de amantes. Y esto que le digo del casting
no es caprichoso: si en la primera cita la cosa no anda bien termina
como una mala obra de teatro, o sea, debut y despedida.

A
las señoras mayores, recatadas y atentas a las reglas ancestrales del
honor y la virginidad, les digo que en estos momentos no es tan
sencillo para la mujer ir a acostarse en las primeras citas. Hay veces
que se generan muchas dudas. Por ejemplo, y sin ir más lejos, está la
duda si acostarse en la casa de ella o en la casa de él.

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