Hace
muchos años, luego de unas cuantas idas y venidas, varios ghost writers (fantasma
escritores, en el enrevesado idioma sajón) decidieron formar en Buenos Aires
una asociación que los contuviera. Su vida era demasiado ingrata —nunca una
palabra de elogio, nunca una crítica ensalzadora— para no darse el gusto de
salir a la luz aunque sea a través de un club.
Al principio no fue sencillo juntarse,
porque nadie conocía a nadie: todos ellos eran escritores fantasmas que jamás
habían firmado nada con su nombre. La idea había surgido por casualidad cuando
dos escritores fantasmas se conocieron en una editorial al ir a entregar cada
uno la mitad de un libro que dos escritores famosos habían firmado a dúo. Desde
luego, jamás, ninguno supo el nombre verdadero del otro. Uno le decía Aguinis al
otro, y el otro llamaba al primero por el nombre de Laguna.
Cuando empezaron a pergeñar la creación del
club de los ghost writers, se les ocurrió que esta manera de nombrarse era la
correcta. De otra manera, sería un club de innombrables. Se les cruzó la idea de
numerarse, pero se desechó porque iba a ser engorroso para la memoria. “Te llamó
el ghost writer 24”. “¿El ghost writer de Sábato?”. “No, el ghost de Sábato es
el 42. El 24 es el ghost de Paulo Coelho”.
Cuando reunieron una cantidad importante de
escritores fantasmas, decidieron armar una sede. Uno de los ghost ofreció una
casa en la que se decía que había vivido Lugones y que en realidad perteneció al
ghost writer de Lugones. La redacción de los estatutos fue encomendada a un
jurista de fama internacional que había escrito importantísimos tratados
referidos a las leyes. Naturalmente, este jurista sólo puso la firma; el texto
lo redactó su ghost writer.
El club se fue agrandando con la llegada de
autores de diferentes países. Ghost writers de todo el mundo mandaban
solicitudes de inscripción. Llegaron las de cinco premios Nobel, incluso la de
un premiado que rechazó el galardón y fue famoso por ese desaire a los suecos.
En el club se supo la verdadera razón de su rechazo: su ghost decidió irse con
otro escritor y este intelectual no logró escribir, por sí solo, un discurso más
o menos decente para decir en la Academia sueca.
Los únicos ghost writers que no se admitían
en el club eran los escritores fantasmas de poetas. Se tuvo en consideración que
cualquiera redacta poesía y por lo tanto su nivel no estaba acorde con el de los
novelistas. El único que se opuso, débilmente, fue el ghost de Paul Auster,
porque recordaba con nostalgia cuando le escribió los primeros versos que
publicó Auster cuando era muy pobre.
Lo que parecía más difícil era elegir al
presidente ghost writer. ¿Quién podía exhibir méritos suficientes si todos eran
fantasmas de escritores? Tampoco podía ser por la fama de los escritores a
quienes servían, porque la vanidad de los intelectuales había alcanzado también
a sus fantasmas y no pudieron ponerse de acuerdo en los méritos de estos. Al
final privó la cordura: se eligió de presidente al que más méritos de
contracción al trabajo tuviera. El elegido fue el ghost writer de Julián Marías,
que también lo era de su hijo Javier Marías y ya estaba en tratos con su nieto,
que todavía no era famoso pero con un poco de marketing llegaría a serlo. Todo
un trabajador.
Al cabo de un tiempo, el club de los ghost
writers se disolvió, debido a la imposibilidad de generar la atención de la
gente por el hecho de ser innombrables, de no poder ir a los medios a
publicitarse y menos mostrar sus rostros.
Hoy, el club de los ghost writers es un
fantasma en la memoria de los cafés literarios de Buenos Aires.