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Las reuniones de reencuentro de los
ex alumnos Por
Julio Parissi
El
reencuentro con mis viejos compañeros de estudios es un
gran bajón. Es igual de malo encontrarlos viejos y
gastados como tan viejo y gastado ellos van a
encontrarme.
Cuando organizamos los reencuentros con viejas
promociones estudiantiles muchos mitos y recuerdos gratos
se nos caen a pedazos. Por ejemplo, me desayuno que
aquella antigua creencia de que yo era el centro del
grupo resultó pura imaginación de mi parte: algunos ni se
acuerdan de mi nombre, y muchos de mis viejos compañeros
me confunden con el mozo que atiende nuestra mesa
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Si
me quedó una asignatura pendiente con alguna compañerita,
cuando la vuelvo a ver, al cabo de veinticinco años, el
encuentro suele ser tan terrible que me hace querer
muchísimo a mi actual mujer.
Las
que sufren más estos encuentros son las mujeres del
grupo, porque es en el único lugar donde no le pueden
mentir la edad a nadie. Además todos saben que un hombre
con arrugas es interesante, pero una mujer arrugada es un
escracho. De todas maneras, no dejamos de reconocer que
el tiempo ha hecho estragos en nuestros físicos. Lo
comprobamos cuando, al llegar a la reunión, tenemos que
reconocernos por alguna anécdota que haga coincidir la
imagen de un pelado, con lentes y encorvado con la de
aquel rubio melenudo y ágil del liceo. ¿No les ha pasado
que en esas reuniones uno tiene la sensación de que no se
sentó con los ex compañeros sino con sus padres?
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En
esas reuniones intentamos sacar a relucir lo vivos que
éramos en aquellos años jóvenes, aunque esto presenta
varias dificultades. En primer lugar, para sacar patente
de vivo hay que haber gastado a un compañero, por lo
general el boludo de la clase. Intentar recordar las
anécdotas y las jodas hechas a ese mártir de los piolas
no es recomendable. Uno no sabe si aquel pelotudo es hoy
este eminente cirujano reconocido en el mundo, mientras
uno sigue mendigándole un aumento de sueldo al gerente de
la empresita donde laburamos. En segundo lugar, si
volvemos a revivir las cosas que hicimos de jóvenes
podríamos quedar como estúpidos inmaduros. Y si no lo
hacemos, pueden tomarnos por terribles viejos amargados.
Al
cabo de un par de horas de estar reunidos ya escuchamos
más de treinta o cuarenta anécdotas estudiantiles de las
cuales no recordamos ninguna. A esa altura de la noche
tenemos la sensación de que nos metimos en el grupo de ex
alumnos equivocados.
Tal
vez sea por exceso de urbanidad o de amabilidad, pero
luego, al finalizar estos encuentros y cuando estamos
despidiéndonos, siempre hacemos planes para juntarnos de
nuevo, tal vez en veinticinco años más adelante. Lo
hacemos con la secreta esperanza de que, cuando llegue
ese momento, la mayoría ya no esté
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