Se habla de que hemos perdido la afinidad de comunicarnos oralmente en la
vía pública, - ¡qué lástima más grande! - en ese mundanal paisaje extramuros
que todavía existe y que podemos ver, pisar, tocar y oler al salir de casa.
Se dice que hemos reducido nuestro ámbito de comunicación social al teléfono
casero o al móvil o celular, (hoy casi tan imprescindible como el cepillo de
dientes y el condón salvador) al correo electrónico omnipresente, al chat, a
la webcam ... Vamos, que no hablaríamos ni con Dios si se nos apareciese por
la calle. Ni tan siquiera nos miramos un poquito de ojos a ojos recelosos.
Nos ponemos gafas negras para espiarnos tortuosamente.



¿A ti te dicen algo por la calle?. ¿Tú dices algo a la gente por la calle?.
Si usted, tú, vos es de los que saltan de la cama al garaje, al buga, para
meterse ipso facto en el fregado colosal del tráfico urbano monstruoso, segu
ro que casi nadie le dice cosas por la calle. Pero si usted, tú, vos acumula
kilómetros asfálticos bajo las suelas de sus zapatos o zapatillas deportivas
... ¡seguro que le dicen tantas cosas como a mí!. A mí si que me comunican
alegrías riojanas por la calle. Les cuento:


 


 


Resulta que ya llevaba una hora pateándome la puta calle, de la oficina de
correos a la farmacia y de ahí al supermercado, cuando un amable y rechonche
te caballero se me acerca y ... "¡oh, un homosexual senecto buscando su con
quista imposible del mediodía!", pensé muy mosqueado yo. Pues no, me equivoca
ba de lleno. El buen señor sólo pretendía ayudarme.
.- Oiga, se ha dejado usted la bragueta abierta.
.- Ah, gracias ...
Y me ocurrió lo de tantas veces en la vida: que me quedé cortadísimo. Presto
y veloz escondí mi intimidad aireada, como si talmente a alguien se le
hubiese antojado la feliz maldad de caparme con unas tijeras enormes de cortar
arbustos. Cuidado que somos estúpidos los hombres: Llevamos horas y horas con
la bragueta abierta y de repente nos entran unas prisas enloquecedoras por
cerrarla en décimas de segundo. ¿Y toda la gente que ya nos ha visto y no ha
querido avisarnos?... Bueno, pues quizá a todas esas personas les faltó el
valor suficiente para convertirse en mensajeros de tan ridícula noticia. ¡Jo,
y yo que me preguntaba porqué me miraban tanto...!. Para colmo, ese día me
había puesto el slip hortera con dibujitos de piolines clónicos.
Otro expresivo caso de comunicación callejera:



El individuo no me parecía sospechoso. Vestía correctamente un atuendo
deportivo y sus modales eran igual de serios y discretos. Cólgabale un piercing
pequeñito del lóbulo sonrosado de la oreja izquierda. No le juzgué un
marginal al uso. Me abordó:
.- Por favor, ¿sabría indicarme por donde puedo llegar a la Plaza de la
Cibeles?.
.- Sí, naturalmente, siga usted por Echegaray hasta llegar a la Carrera de
San Jerónimo y luego sigue ...
Y cuando más enfrascado estaba en los minuciosos detalles laberínticos
urbanos, informándole sobre el camino más corto para llegar a la plaza de la
diosa olímpica y madridista, va el individuo y me cambia repentínamente el chip
y el tono de sus palabras, ahora radicalmente amenazadoras:
.- Oye, tío, pásame treinta euros, ¿vale?, que estoy más tieso que la mojama.
¡Joder, enróllate, colega!.
.- Lo siento, pero no tengo dinero, disculpe ...
.- ¡Eres un hijo de puta!. ¡Caguen...!, ¡que saco la navaja y te rajo, pedazo
de mamón!.
Y tuve que salir corriendo porque se me dan muy mal los heroismos.
Voy a seguir haciendo honor al título de esta nota: "¿Qué te dice la gente
por la calle?".


 


Te dicen que debes ayudarles a salvar el mundo porque el Apocalipsis se
acerca. Ves a los risueños mormones paseándose alegremente en parejitas, vistiendo
camisas blancas-blanquísimas con corbatas funerarias al estilo de los
locutores de telediario circunspectos. Sonríen con la estupidez maravillosa de los
que han sido iluminados por la Gracia de Dios, como el generalísimo
liliputiense Franco. Buscan incautos entre la gente solitaria y nunca pierden la
sonrisa dentona ni la corbata macabrona. Los testigos de Jehová también te
abordan con idéntica sonrisa almíbar-celestial. A veces son matrimonios con
niños.(¡Joder, pobres niños, no les dejan pensar en los misterios de la
jodida vida ni comer morcillas de Burgos ...!). La sonrisa se les borra
automáticamente en cuanto les mandas al carajo.
(¿Recuerdan "Aterriza como puedas"?).
Pero son muchas más las confesiones religiosas, gilisectas o lo que sean, que
te dicen cosas demenciales por la calle. (Me caen más simpáticos los
harekrisnas porque no dicen ni pío. Estos bonachones cocolisos de túnica azafrán
sólo bailan y regalan pastelitos. ¡Joder, bailan hasta desfilando cuesta
arriba por El Rastro!).





Un sujeto te aborda ofreciéndote una cámara de video digital o un reloj de
marca acojonante.
 Es mercancía baratísima. (El pobre turista desvalijado
todavía está haciendo cola en la comisaría para poner la correspondiente y es
peranzadora denuncia, que no le va a servir para nada naturalmente). Huyes
del vendedor surrealista porque su imagen atípica te recuerda más a un
bandolero del siglo XVIII que a un afable vendedor del 2.002. Cuando ya te has
alejado lo suficiente del lugar, ¡uf!, reflexionas sobre el tono agridulce de
la voz del mercachifle urbanita, que más sonaba a camello pregonando la
excelencias del éxtasis líquido o la farlopa tradicional, y respiras satisfecho
por haber salido ileso del ataque rateril. Mañana irás a una tienda muy importante y lo comprarás a plazos y con garantía de dos años. Tuya es la libertad
de elegir quien prefieres que te engañe.
Más diálogo de la bendita calle:
 



Una gitana vieja, huesuda y enlutada, se empeña en que la compres el manojillo de romero que te está mostrando, que casi te lo está metiendo por los
ojos. Insiste la abuela con toda su artillería verbal al servicio de la noble
causa, como si te estuviese ofreciendo un artículo lujosísimo a precio de
oferta irresistible. Y por el mismo precio promete echarte la buenaventura.



.- Señorito, yo le leo las manos.
.- No, muchas gracias, disculpe pero tengo prisa.
.- ¡Ande, no sea desaborido, payo!.
.- ¡No sea usted pesada, puñetas!.
Agilizas el paso para perderte cuanto antes, pero la dama ejecutiva
romaníno ceja tan fácilmente en el empeño. Recorres unos cien metros con la gitana
adosada a tus hechuras huidizas. La gente os mira muy morbosamente. Y cuando
al fin abandona la persecución, asaetándote con una mirada asesina
súper-gélida, te insulta rabiosamente porque la has hecho perder el tiempo y la saliva.


 


¿Crees que no hay posibilidad de hablar con más gente por la calle?.
Desengáñate porque también hablarás con yonkis muy ofensivos y pegajosos. Los yonkis
son capaces de correr más que la gitana y te reprocharán vivamente que no com
partas tu dinero de asqueroso burgues hijo de puta con ellos. (Ojo, que si no
llevan navaja ni jeringuilla, igual les da por atizarte con la litrona)
Reñirás con algún niño repelente que te ha pegado un balonazo en la cabeza. Otros
mocosos intentarán venderte boletos de una rifa colegial o te pedirán
cigarrillos rubios. 
Señoritas púberes quedrán encuestarte o venderte libritos de
crucigramas a beneficio de una ONG. Reporteros de las televisiones de barrio
te preguntarán soplapolleces de barrio. También hablarás con alguna señora
miope que te ha confundido con el tarado de su yerno. Una venerable anciana
te pedirá que la ayudes a cruzar la calle para narrarte alguno de los
episodios más románticos y emocionantes de su juventud. Un hinchapelotas con la
camiseta de su club de fútbol intentará captarte para hablar de fútbol. 



Se te acercarán borrachos que quieren hacer amistad contigo y explicarte como
arreglarían ellos solos todos los problemas que aquejan a este mundo cruel
e insolidario. Bueno, si no están completamente borrachos se limitarán a dar
te soluciones para el problema de Argentina.
Es posible que sufras angustiosas pesadillas en tus noches de digestiones
pesaditas, influenciado por todo lo que te dice la gente por la calle, y eso
que se habla de que hemos perdido la afinidad de comunicarnos oralmente en
la vía pública, ¡qué lástima más grande!.
 



Por: Iñaki Zurbano

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