Los niños tienen la suerte de gozar de una impunidad total de sus actos, sean
estos del calibre que sean. Hace unos años, en una de las entregas de los
premios argentinos “Martín Fierro”, una pequeña actriz —no pasaba de los cinco
o seis años—, frente al micrófono, le dijo al conductor: “Esta fiesta me parece
aburrida”. La consecuencia fue una risa generalizada por la simpatía y el
desenfado conque largó la frase. «Qué nena tan desenvuelta y franca....», habrá
dicho alguna actriz deseando que así debería ser su hija cuando se decidiera a
tenerla.
Si eso mismo se le escapa a un adulto, lo menos que le dicen es que es un
imbécil desubicado que está denigrando una fiesta incomparable.
Es que las barbaridades que dicen los chicos son aplaudidas casi tanto como son
aplaudidos los disparates que dicen los políticos en las campañas
preelectorales.
Los niños tienen impunidad para todo, tanto si se trata un gesto escatológico
como de una crueldad. Y si son muy chicos, más impunes aún, como es el caso de
martirio que sufren los hermanos mayores a manos de esos pequeños sátrapas
llamados hijos menores.
Los hermanos más chicos son los más impunes. En ese caso, como dice la Biblia,
los últimos siempre serán los primeros: los últimos en nacer y los primeros en
jorobar a los demás.
Los chicos dicen lo que piensan. Por esa razón no es de adulto ser sincero. Si
alguna vez a uno se le escapa un comentario franco que nos entierra hasta las
orejas, podemos echarle la culpa al niño que llevamos en un rincón del alma.
En cambio los niños no se hacen problemas y siempre dicen lo que piensan. Total,
para agarrarnos a trompadas, por eso mismo que dicen estos pequeños imprudentes,
estamos los mayores. Aunque lo positivo, no lo neguemos, es que los niños dicen
lo que piensan, al revés de muchos mayores que en ocasiones no piensan ni lo que
dicen.
Si uno tiene un gesto o una desgracia escatológica es, a la vista de todos, un
cerdo. Un tremendo eructo que impregna todo el ambiente ejecutado por un chico,
pasa por un provechito que enternece a las madres. Si algo desagradable lo hace
un niño o un bebé, es un gracejo simpático que es comentado con alegría hasta
por las mujeres de fino decir. “Ay, se tiró un pedito. Qué divino...”, comentan.
Lo que quiere decir que para pasar de ser un tipito simpático que que se mandó
un gracejo escatológico a ser un cerdo asqueroso lo único que se necesita es
crecer.
A pesar de que el niño siempre obtiene el perdón por sus maldades, esas mismas
maldades de chico le sirven de aprendizaje, en muchos casos funesto. La misma
persona que cuando chiquito le prendió fuego al gato de la vecina, de grande
incendia la fábrica para cobrar el seguro. A los chicos les aplauden las mismas
cosas que cuando las hacen de grandes terminan procesados.
Por eso pienso que si alguien añora volver a hacer las cosas de su niñez, uno
debe sospechar que se está frente a un peligroso tipo con mente delictiva.