Y
bueno, las cosas son así, uno se entusiasma y comete errores. Todo
comienza con el sabor de la aventura, porque le cortaron el cable o por
una gripe demasiado larga. El caso es que de pronto usted se encuentra
hundido en la pantalla de su computadora con el mouse brilloso por las
manos grasosas de pizza de sábado a la noche y siente que lo único que
le queda es navegar por Internet porque por la
vida le ha ido bastante mal.
Así, usted
convencido a medias de que es un incomprendido y un talento aún sin descubrir
(según su madre con la cual usted vive desde que dio mal el ingreso a la escuela
militar), se lanza a la búsqueda virtual de todo lo que no puede tener en
realidad, como por ejemplo mujeres, una vida alocada, o simplemente pelo.
Trr, trrrr, trccc...sus dedos
inexpertos pronto van tomando la velocidad de un egresado de la Asociación
Internacional de Acordeón y llena formularios para que le manden información
sobre autos, deportes e ikebana, al tiempo que salta de página en página, de
risa en risa y de aventura en aventura, mientras su madre (que aún no se duerme
porque teme que usted le queme la casa) le pide que por favor le llene la bolsa
de arena porque le duele la espalda y usted piensa que a usted también le duele
la espalda y en el medio del asombro el reloj le dice que hace 4 horas y media
que sus ojos nerviosos y sedientos de lágrimas lubricantes no cesan de espiar un
mundo que está al alcance de su mano, pero que se le escapa a través del
monitor, de la fibra óptica que lo conecta con este mundo invisible y las salas
de chat donde nadie le contesta porque su seudónimo de Flufy es muy poco
seductor.
Pero usted sigue solo
tratando de vencer su propio récord y, su cuerpo sudado en esa habitación
solitaria, es apenas la prolongación de su mano agarrotada en los sitios de
amigos por horas, falsos trabajos y citas por Internet. “¿Querés una cocoa?”, le
pregunta su mamá entreabriendo la puerta como un gnomo estropeado, y usted sólo
atina a tapar con su cuerpo excedido de deseos y muzzarela, el monitor donde una
mujer de ojos gatunos se le insinúa como una diosa de Capoeira. Luego son los
sitios de música gratis, de gente con nombres extraños como Brian o Daiana que
nunca conocerá en carne propia pues su pobreza mental y material le impedirá
viajar a EE.UU. y cuyas relaciones amistosas terminarán cuando se cumpla la
semana gratis del diccionario on line de inglés que tampoco podrá pagar con su
trabajo de pobre diablo amoratado que se lleva tapers para el almuerzo.
Y así, lo que empezó
siendo una travesura adolescente, una rebeldía de muppet con piernas propias,
finalmente será lo único que rija su vida, pues la Internet será su pasión, su
alegría, su mística y su bochorno. Es que con ella usted conocerá individuos con
los que no tiene nada que decirse, verá paisajes lejanos a los que nunca podrá
acceder y, por sobre todo, no podrá resistir la tentación de comprar cosas que
nunca usará y que cada día, mientras van llenándose de tierra en su habitación
de solterón de calzoncillos con elástico vencido, le recordarán (junto a su
madre cuya jubilación estará embargada desde hace rato) que de chiquito quería
ser astronauta.
Y entonces llega el peor de
los momentos, que es cuando de pronto el monitor se oscurece, se pone en
stand by y la carcajada virtual retumba en las paredes y en sus oídos,
mientras usted apenas podrá reconocerse en esa cara blanda, agria y resignada
que lo mira desde la pantalla como pidiendo perdón por algo que ya no recuerda,
pero que de algún modo intuye.▪