¿La Internet le estropeó la vida?
                            No se preocupe...

¡Ya somos varios!

Por: Luisa Lars

                                             luisalars@hotmail.com

Y bueno, las cosas son así, uno se entusiasma y comete errores. Todo comienza con el sabor de la aventura, porque le cortaron el cable o por una gripe demasiado larga. El caso es que de pronto usted se encuentra hundido en la pantalla de su computadora con el mouse brilloso por las manos grasosas de pizza de sábado a la noche y siente que lo único que le queda es navegar por Internet porque por la 
                                                    vida le ha ido bastante mal.

                                                                   

Así, usted convencido a medias de que es un incomprendido y un talento aún sin descubrir (según su madre con la cual usted vive desde que dio mal el ingreso a la escuela militar), se lanza a la búsqueda virtual de todo lo que no puede tener en realidad, como por ejemplo mujeres, una vida alocada, o simplemente pelo.

 

Trr, trrrr, trccc...sus dedos inexpertos pronto van tomando la velocidad de un egresado de la Asociación Internacional de Acordeón y llena formularios para que le manden información sobre autos, deportes e ikebana, al tiempo que salta de página en página, de risa en risa y de aventura en aventura, mientras su madre (que aún no se duerme porque teme que usted le queme la casa) le pide que por favor le llene la bolsa de arena porque le duele la espalda y usted piensa que a usted también le duele la espalda y en el medio del asombro el reloj le dice que hace 4 horas y media que sus ojos nerviosos y sedientos de lágrimas lubricantes no cesan de espiar un mundo que está al alcance de su mano, pero que se le escapa a través del monitor, de la fibra óptica que lo conecta con este mundo invisible y las salas de chat donde nadie le contesta porque su seudónimo de Flufy es muy poco seductor.

                                                              

Pero usted sigue solo tratando de vencer su propio récord y, su cuerpo sudado en esa habitación solitaria, es apenas la prolongación de su mano agarrotada en los sitios de amigos por horas, falsos trabajos y citas por Internet. “¿Querés una cocoa?”, le pregunta su mamá entreabriendo la puerta como un gnomo estropeado, y usted sólo atina a tapar con su cuerpo excedido de deseos y muzzarela, el monitor donde una mujer de ojos gatunos se le insinúa como una diosa de Capoeira. Luego son los sitios de música gratis, de gente con nombres extraños como Brian o Daiana que nunca conocerá en carne propia pues su pobreza mental y material le impedirá viajar a EE.UU. y cuyas relaciones amistosas terminarán cuando se cumpla la semana gratis del diccionario on line de inglés que tampoco podrá pagar con su trabajo de pobre diablo amoratado que se lleva tapers para el almuerzo.

Y así, lo que empezó siendo una travesura adolescente, una rebeldía de muppet con piernas propias, finalmente  será lo único que rija su vida, pues la Internet será su pasión, su alegría, su mística y su bochorno. Es que con ella usted conocerá individuos con los que no tiene nada que decirse, verá paisajes lejanos a los que nunca podrá acceder y, por sobre todo, no podrá resistir la tentación de comprar cosas que nunca usará y que cada día, mientras van llenándose de tierra en su habitación de solterón de calzoncillos con elástico vencido, le recordarán (junto a su madre cuya jubilación estará embargada desde hace rato) que de chiquito quería ser astronauta.

                                                                

Y entonces llega el peor de los momentos, que es cuando de pronto el monitor se oscurece, se pone en stand by y la carcajada virtual retumba en las paredes y en sus oídos, mientras usted apenas podrá reconocerse en esa cara blanda, agria y resignada que lo mira desde la pantalla como pidiendo perdón por algo que ya no recuerda, pero que de algún modo intuye.▪