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Durante siglos se nos ha
machacado con la mentira de la delicadeza, de la finura y el buen
decir de las mujeres. Hoy, escuchando a pasar cualquier conversación
entre jovencitas, comprobamos que las mujeres son más groseras que los
hombres. Una imagen vale más que mil palabras, pero no hay ninguna
imagen que sustituya un buen insulto femenino.
Que las mujeres conocen muchas más malas palabras que
los hombres es una verdad sin vueltas. Además de las que nos dicen a
nosotros cuando no le damos el asiento del ómnibus o un sitio en la
cola de los impuestos, están las que se dicen entre ellas y que nunca
conoceremos, porque el misterio femenino ahí funciona muy bien. Las
hay tan mal habladas que parecen tener el cerebro colonizado por un
loro de chiste verde.

Son tantas las variaciones
que le dan a los insultos, que decir, como se dice vulgarmente, que la
mujer no piensa es mentira. Si no, ¿cómo hacen para inventar todos los
días un insulto nuevo ?
Todos recordamos que Gustavo
Adolfo Bécquer, allá por el siglo diecinueve, se preguntó qué era
poesía, y dirigiéndose a la mujer dijo: «Poesía eres tú». Si esto es
cierto, la poesía, ciento cincuenta años después, la estará
escribiendo el guionista de un cómico de cabaret.
Para contraatacar, más de una mujer dirá que los
hombres son también groseros y mal hablados como ellas. Si somos mal
hablados será porque en nuestra tierna infancia fuimos educados por
una mujer. Si no fue una madre, fue una maestra.
La mujer no es una flor de suave fragancia o una sutil
niña que anda saltando por los bosques con vestidos de gasa, sino la
grosería hecha palabra. No hay más que entrar en un baño de damas y
leer los graffitis que dejan, o parar la oreja en una reunión cuando
varias se juntan en un rincón para hablar de sus tropelías. Haciendo
esto, no sólo conocemos cosas nuevas del misterioso mundo femenino
sino que, además, aprendemos nuevos insultos con los cuales lucirnos
en situaciones extremas.
Al cabo de estas líneas usted
creerá que estoy exagerando. Es más, podrá nombrarme a un grupo de
mujeres de su conocimiento que son el refinamiento en persona. Esas
mujeres existen, no lo niego.

Lo que sucede es que cuando
las escucho hablar con tanta exquisitez, estoy seguro que en ese
momento sacaron a relucir su costado masculino.
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