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                                               Las Mujeres son más groseras
                                          
      Por Julio Parissi

A veces pienso que una de las tareas más importantes del mundo es misión de romper mitos y sacar a la luz verdades que la mayoría se niega a ver. Por ejemplo, es bueno desenmascarar el mito del glamour femenino, algo que todos damos por sentado cuando decimos que la mujer es tan delicada como el pétalo de una rosa.



 

Durante siglos se nos ha machacado con la mentira de la delicadeza, de la finura y el buen decir de las mujeres. Hoy, escuchando a pasar cualquier conversación entre jovencitas, comprobamos que las mujeres son más groseras que los hombres. Una imagen vale más que mil palabras, pero no hay ninguna imagen que sustituya un buen insulto femenino.

Que las mujeres conocen muchas más malas palabras que los hombres es una verdad sin vueltas. Además de las que nos dicen a nosotros cuando no le damos el asiento del ómnibus o un sitio en la cola de los impuestos, están las que se dicen entre ellas y que nunca conoceremos, porque el misterio femenino ahí funciona muy bien. Las hay tan mal habladas que parecen tener el cerebro colonizado por un loro de chiste verde.

                                 

Son tantas las variaciones que le dan a los insultos, que decir, como se dice vulgarmente, que la mujer no piensa es mentira. Si no, ¿cómo hacen para inventar todos los días un insulto nuevo ?

Todos recordamos que Gustavo Adolfo Bécquer,  allá por el siglo diecinueve, se preguntó qué era poesía, y dirigiéndose a la mujer dijo: «Poesía eres tú». Si esto es cierto, la poesía, ciento cincuenta años después, la estará escribiendo el guionista de un cómico de cabaret.

Para contraatacar, más de una mujer dirá que los hombres son también groseros y mal hablados como ellas. Si somos mal hablados será porque en nuestra tierna infancia fuimos educados por una mujer. Si no fue una madre, fue una maestra.

La mujer no es una flor de suave fragancia o una sutil niña que anda saltando por los bosques con vestidos de gasa, sino la grosería hecha palabra. No hay más que entrar en un baño de damas y leer los graffitis que dejan, o parar la oreja en una reunión cuando varias se juntan en un rincón para hablar de sus tropelías. Haciendo esto, no sólo conocemos cosas nuevas del misterioso mundo femenino sino que, además, aprendemos nuevos insultos con los cuales lucirnos en situaciones extremas.

Al cabo de estas líneas usted creerá que estoy exagerando. Es más, podrá nombrarme a un grupo de mujeres de su conocimiento que son el refinamiento en persona. Esas mujeres existen, no lo niego.
 
                                

Lo que sucede es que cuando las escucho hablar con tanta exquisitez, estoy seguro que en ese momento sacaron a relucir su costado masculino.

 


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