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Las mujeres también fanfarronean
                                          
                                     Por Julio Parissi

Los hombres, por tradición, hacen gala exagerada de sus atributos. Ya lo decía Serrat en su canción «Algo personal», cuando hablaba “de esos hombres que fanfarronean a quién la tiene más grande”. En realidad, Juanito no descubrió la pólvora con esto, porque es sabido que los hombres fanfarronean entre sí con esas cosas, sobre todo en el gimnasio y a la hora de ducharse. Pero, lo que uno no tiene del todo claro es con qué atributos fanfarronean las mujeres a la hora de mostrar su superioridad frente a las demás.

 



 

 

Nos cuesta imaginarlas, haciendo un paralelismo con la actitud masculina de los genitales, sacándose los corpiños y diciendo: “Las ponemos sobre esta mesa, y las medimos”. O también: “Las ponemos en una balanza, y las pesamos”. Estoy seguro que las ganas de competir existen en ambos sexos, no es una virtud o un demérito exclusivamente varonil. Lo confirma el hecho, por dar un ejemplo, que una enorme cantidad de mujeres viven preocupadas por saber cuántos euros les costaría agrandarse el busto, redondear su caderas o tornear sus pantorrillas. La diferencia entre ellas y nosotros es que las damas no se atreven a manifestar lo exuberante de su físico, tan frontalmente y sin falso pudor, como lo hacemos los varones.

Pero, dejando de lado como eje del autobombo los atributos del cuerpo, de lo que sí estoy totalmente convencido es que las mujeres tienen un elemento ideal para jactarse y fanfarronear de su erotismo: la vestimenta. Por algo perduran en la moda, desde hace muchos años, los bikinis, las minifaldas mínimas, las medias con portaligas a la vista, la lencería erótica y los zapatos de taco aguja. Cuando una hermosa mujer sale a la calle vestida de esa manera —o desvestida, yo nunca supe cuál de estas dos cosas hacen las jóvenes antes de abandonar la casa—, está diciendo: “Muchachos, miren que buena que estoy”. Aunque no siempre es así, porque si esa misma ropa se la pone una gorda insufrible con menos cintura que Elvis Presley a los cuarenta, quizás nos esté diciendo: “Muchachos, embrómense por mirar”. Es que, además de la vestimenta, hace falta una cierta armonía física para fanfarronear. A nadie se le escapa que las mujeres —el 99 % de ellas, salvo la gorda que menciono más arriba—, siempre tienen con qué. O sea, que volvemos a los dones físicos. Es innegable: hay dos o tres atributos de las mujeres que están a la vista de todos, que rompen los ojos e incluso en muchos casos logran sacarnos los ojos de las órbitas. Aunque todos sabemos, no está de más decirlo, que si algunas mujeres fanfarronean con eso que portan, no se lo deben agradecer ni a sus padres ni a sus estrictas dietas ni a la bondad de la naturaleza, como lo agradecemos cuando se trata de los atributos de nosotros, los machos.

Esos dones, generalmente, las mujeres tienen que agradecérselo a su cirujano plástico de cabecera y a la billetera del esposo.


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