Las palabras marketineras                                      Por: Julio Parissi

Para que una obra sea atractiva al lector o al espectador debe tener un gancho, ese elemento que atrapa y hace que uno se vuelque a leer un libro, ver una película o ir al teatro. Como lo primero que se percibe de la obra es el título, ahí deberá estar ese gancho, llamado, en la jerga de la comunicación, elemento marketinero. Y en ese aspecto hay varias palabras marketineras por excelencia. Les doy tres ejemplos, pero debe haber muchos más.

  • Mecánico/a:
    Desde que Anthony Burgess la puso de moda hace varias décadas, esta palabra vuelve atractivo cualquier título. Si usted tiene una obra y es medio salame para titular, no haga ningún esfuerzo. Imagine cualquier título, el más pelotudo que se lo ocurra, póngale la palabrita y tendrá un título de primera. Por ejemplo, póngale que el título es “La mesa del comedor” —una pelotudez total, se habrá dado cuenta—, sustituya comedor por mecánica y le quedará “La mesa mecánica”, un título lleno de sugerencias posmodernas, de ciencia ficción, de cosa heavy, marginal, etcétera, etcétera. Hasta puede imaginarse que su obra la trasladarán al cine y será prohibida en varios países atrasados por sus crudas escenas. Eso sí, lo que meta dentro de la obra, y que seguramente no tiene nada que ver con la mesa mecánica, importa un pepino.

  • Desnudo/a:
    La palabra desnudo/a significa —entre otras acepciones— desprovisto, carente, desguarnecido o desierto, pero para nosotros, y para el 99 % de los hombres, desnudo significa mujer en bolas, y usted sabe que el sexo mueve montañas y tira más que una yunta de bovinos. Por lo cual esta palabra puesta en un título será marketinera como pocas. Vuelva a pensar en el título “La mesa del comedor”, cambie comedor por desnuda y obtendrá “La mesa desnuda”. ¿Se da cuenta? Es para hacerse el bocho. El lector recordará la escena sexual de “El cartero llama dos veces” y pensará que en esta obra encontrará sexo, trasgresión y escenas de alto voltaje erótico. Incluso imaginará sadismo, violencia y crimen. Luego, si la obra no tiene nada de eso, importa un pepino.

  • Balada:
    Aquí nos encontramos con la frutilla del postre. Balada es poesía pero también es canción, como lo es la reflexiva milonga, la divertida cumbia, el profundo tango o el romántico bolero. Pero, ninguno de estos ritmos tiene el gancho marketinero de la balada puesta en un título. “El último tango en París” tenía como gancho que era el último y que se derrochaba manteca. Lo del tango pasaba desapercibido. Con la balada es otra cosa. Por tercera vez, y viendo que usted está escaso de materia gris, imagine el título “La mesa del comedor”. No le quite nada, sólo agréguele La balada de y verá que gran título ha logrado. “La balada de la mesa del comedor” es melancolía, remembranza, romanticismo, pasión profunda, amor filial, etcétera, etcétera, etcétera. Esto lo puede hacer con cualquier otro estúpido título y el resultado será igual de bueno. Ahora, si en el texto de la obra no hay nada de eso, importa un pepino.

Me refiero a un pepino mecánico, un pepino desnudo o la balada del pepino.

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