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Los
seres humanos nos encariñamos y le damos gran valor a cosas que, en la
realidad, son insignificantes. Por ejemplo, ninguno de nosotros se olvidó
del primer sueldo que cobró en su vida, aunque ese primer sueldo fueran dos
mangos. Tanto es así que lo gastamos en menos tiempo que lo que tarda el
presidente del Uruguay Jorge Batlle en insultar y arrepentirse.
A
pesar de lo escaso, uno fue imaginándose las cosas que podría hacer con ese
primer sueldo, como ir de veraneo a la Polinesia, jugar diez noches seguidas
en un casino de Las Vegas o comprar una Ferrari en cuotas. Locuras
imposibles de llegar a concretar con esa ridiculez de remuneración, pero
uno, antes de cobrarlo, pensaba que podía.
El
primer sueldo es como la primera vez en cuanto a la vida sexual: uno vive
los primeros años de juventud esperando con impaciencia que llegue ese
momento, pero luego, cuando pasa todo y vemos el resultado, casi siempre
insatisfactorio si nos atenemos a las espectativas previas, nos damos cuenta
que en la vida todo o es rápido o es corto.
Cuando recibimos el primer cobro —en esa época uno es un imberbe— no tenemos
mejor idea que gastarlo en pavadas. En boludeces. Claro, muchos dirán que
cuando uno es joven sólo piensa en gastos superfluos. Pero la razón es otra:
el primer sueldo es tan chiquito que podríamos decir que también es una
boludez y apenas nos alcanza para comprar una pavadita.
A
pesar de eso, con ese primer sueldo uno se siente Rockefeller y Bill Gates
juntos. Sobre todo si nos comparamos con otros que todavía no empezaron a
trabajar y deben vivir de los pesitos que le tiran los viejos.
Si
intentamos hecer memoria vemos, con absoluta sinceridad, que el monto de ese
primer sueldo jamás lo recordamos en su valor exacto, en su número frío,
sino que siempre pensamos en la cifra con esa carga de romanticismo que da,
por primera vez, el haber ganado algo con nuestro trabajo. Si lo pensamos en
lo que realmente fue en valor real, hoy podríamos terminar confundiéndolo
con la primera propina.
El
primer sueldo tiene diferentes efectos dentro de la familia: la madre piensa
que ya no tiene que robarle plata al padre para dársela al hijo, el padre
piensa que ya no tiene necesidad de hacer horas extras para alimentarlo, el
hermano menor piensa las distintas maneras de pedirle plata y la novia
piensa cómo va a gastarle la guita en la primera salida.
Cobrar por primera vez significa despegarse de la tutela económica familiar,
pero a su vez nos ata a obligaciones como, por ejemplo, saber que deberá
dejar de no hacer nada y trabajar cumpliendo horarios. La única excepción
que cuestiona esta regla se da si el primer sueldo uno lo obtiene como
empleado en cualquier administración pública. En ese caso uno continúa sin
hacer nada, pero cobrando a fin de mes.
El
primer sueldo tiene su contra por lo modesto, pero en ningún caso deja de
tener un toque de alegría, de satisfacción y siempre se lo va a añorar y
recordar con cariño. Sobre todo si a uno lo despiden. |