Mucho antes de inventarse el
bisturí y la anestesia, la humanidad ya había inventado la castración. Sea por
motu propio o por motu de otro, castrar o castrarse fue una
práctica bastante común que podía usarse, tanto para castigar al adulterio, como
en Egipto, Persia o China, o tambien para someter al vencido, ingresar como
sacerdote al servicio de las diosas Milita o Cibeles, evitar el feo vicio de la
masturbación[1],
crear “voces blancas” en la Iglesia Católica, o cuidar de harenes ajenos.
Sin embargo también supo usarse como
fuente de placer... de otros. En Persia, en tiempos de
Darío el Grande, era común que algunos hijos de
familias nobles venidas a menos o hijos de clase media que aspiraban a ascender
quedando bien con la realeza, fueran castrados y entregados a palacio para que
dieran placer a los que por ahí circulaban que, evidentemente, no tenían
demasiados reparos éticos.
Quizás de esta costumbre tomó la antigua
Roma la suya, pues ahí también había padres que vendían a sus hijos a grandes
señores que tenían harenes privados, también llamados pedagogías, y para
que pudieran ejercer más tiempo el oficio de nenes prostituidos, se los castraba
evitando que se desarrollaran. A estos niños se los llamaba Exoleti y/o
Pueri delicati . Todo estaba tan mal, tan pervertido que en época de
Domiciano (S. I d. C.) llegó a haber en los lupanares más adolescentes imberbes
que mujeres y si bien Domiciano era un gran degenerado, prohibió la castración
de los chicos y la de los esclavos, lo cual fue todo un avance.
Sin embargo se ve que esto de capar al
prójimo era una costumbre arraigada, porque en el S. VI Justiniano insiste en su
prohibición y decreta la pena del talión. O sea, al que corta, se la cortan.
Otra función de los capones en Roma, bastante
diferente por cierto, fue la de garantizar amantes a las mujeres de la
aristocracia que no querían quedar embarazadas ni usar DIU para evitarlo. Como
la emasculación, que así se llama eso de cortarse las bolas, si se hace de
adulto no ºnecesariamente impide la erección, el método era de lo más usado e
incluso Juvenal hace referencia a ello. Más tarde, a estos tipos que aseguraban
placer sin embarazos embarazosos se los llamaría “espadones”
En el S. VII se prohibió que las mujeres
cantaran en las iglesias, pero esta prohibición dejaba sin notas agudas a los
coros. Para resolver este inconveniente, los hombres adultos comenzaron a cantar
utilizando un registro llamado “falsete”. Sin embargo esto del falsete sonaba a
falso, y buscando la verdad los clérigos a cargo de los coros comenzaron a
promover la castración de los niños que tenían voces de tonos altos para que, a
costa de sus menudencias, conservaran la voz aguda de soprano durante toda la
vida.
En 1656 Inocencio XI, no conforme con la
prohibición que las mujeres no pudieran cantar en las iglesias, también prohibe
que se les enseñase canto y música, logrando así que los teatros de ópera se
quedansen sin sopranos. En consecuencia la demanda de castrados -ahora además
travestidos- se extendió por todo el ambiente musical. Es así como en los S. XVII y XVIII de Italia surgieron
artistas y cantantes de voz finita conocidos como castratti.
Fue Clemente XIV, (1769-74), quien luego
de prohibir la orden de los Jesuitas, aprovechó para seguir prohibiendo y
prohibió nuevamente la castración. También dispuso que en los teatros de Roma
fuesen mujeres las que hagan de mujeres (¿lo harían mejor?) y decretó, que en
los coros, las voces de soprano y contralto las hicieran señoritas a quienes no
había que cortarles nada para que llegaran a las notas altas. Pese a ello los
niños castrados seguían formando parte de los coros del Vaticano por lo que
debió ser León XIII (†1903)
quien prohibió una vez más (y van...) el uso de castrados en coros religiosos.[2]
Por si acaso Pio X, ya en el S. XX, decretó que, en la Capilla Sixtina, no se
admitirían más cantores eviratus
En oriente, donde los señores de barba
eran tan afectos a los muchachitos, muchos jovencitos podían dejar de ser pobres
y pordioseros, para pasar a comer todos los días y ser muy bien atendidos, en
algún fantástico harem al solo -y para algunos modesto- precio de dejarse cortar
las bolas. Si bien hay muchos que hoy, gustosos, se las dejan cortar para lograr
algún tipo de ascenso, lo hacen en sentido simbólico, en cambio, para los de
antes, el simbolismo no existía y en verdad se quedaban sin bólicos.
También había quienes conservaban el
pene pensando que así podían seguir teniendo erecciones. Y parece ser que
algunos las tuvieron, como el caso de Selím el Adusto, papá de Solimán el
Magnífico, que pescó a un eunuco en su harén no solo con una erección, sino con
una de sus pupilas disfrutando de esa rigidez. El sultán, algo enojado, mandó de
inmediato cortar esa cosa, pero, para que no hubiera ninguna futura sorpresa la
mandó a cortar desde la altura del cuello del pobre eunuco.
En los serrallos
turcos los eunucos negros sustituyeron con el tiempo a los eunucos blancos, por
pensar que los morenos no eran atractivos para las mujeres. Nadie imaginó que
llegaría un día en que más de una mujer pálida fantasease a lo loca con
revolcarse con un negro estilo NBA
En China había gente que a toda costa
quería llegar a ser Mandarín. Algunos podían llegar por ayuda del soberano o por
pertenecer a la nobleza, pero el camino más común era la educación. Sin embargo
los estudios eran tan exigentes que había estudiantes que, para mejorar su
concentración, llegaban a castrarse. Si hoy hacerse un tatuaje en la
adolescencia puede ser algo de lo que uno luego se arrepienta por el resto de su
vida, no quiero pensar lo que debe ser caparse en función de la nota de
Filosofía II. Así y todo los eunucos en China tuvieron cargos importantes,
especialmente vinculados con los temas de seguridad, por lo que eran muy
temidos. Un eunuco, llamado Ts'ai Lun
(S. I d. de C.), fue el inventor del papel. Moraleja: si uno no se dedica a las
mujeres, puede aprovechar ese tiempo en hacer cosas útiles.
[2]
No queda claro si lo hacían para que no entraran mujeres en la iglesia o
porque preferían los efebos regordetes... O preferían los efebos regordetes
y así evitaban que entraran mujeres. En fin, son matices.