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Dicen los cráneos Norteamérica,
generadores de la mayoría de las ideas sobre contenidos para la
televisión, que se debe programar para una mentalidad de ocho años.
Es decir, que los contenidos que se emiten en la tele deben ser entendidos
por un chico de esa edad, se trate de un musical, una clase de bricolage o
de una mesa redonda donde se discuta la teoría de la relatividad.
Por esa razón las películas
que pasan por la tele, salvo algún error de programación,
cumple con esa premisa, por la cual nunca veremos en la pantalla chica
“El ciudadano”, “Cuando huye el día” o “El año
pasado en Marienbad”. En cambio, tendremos que sufrir hasta el cansancio
las de tiros, las de lucha y las “eróticas”, esas donde pasan
cinco minutos de una pareja en la cama que no se sabe si tienen relaciones
sexuales o están haciéndose fricciones contra el lumbago. Se
mueven y se quejan como si hicieran esto último.
Cualquiera de estas películas tiene la virtud de no dejarnos
pensar (venimos del laburo con el cerebro hecho un buñuelo,
¿encima querés que piense?) y es más, la historia la
sabemos aunque nunca hayamos visto esa película. Usted dirá:
“¿Por qué la vemos?”. No la vemos para saber de qué
se trata sino para confirmar que se trataba de lo que ya sabíamos.
Para ejemplo, elijamos una de tiros (que además siempre tiene
algo de lucha y de erotismo) y veremos que cosas fundamentales deben tener
ya sabidas desde el principio.
1 - Los del FBI son buenos, los de la CIA son malos. No se sabe por qué,
pero es así, y además a los del FBI siempre le hacen sonar
algún agente. Por supuesto, bueno.
2 - El protagonista también es bueno, pero antes era malo y se
regeneró. Uno piensa que se volvió decente porque le dieron
guita o le consiguieron trabajo, pero no: se enamoró de una chica
encantadora, linda de cara y con unas buenas tetas, pero un poco pelotuda
porque no sabe -lo que sabe todo el mundo- que su pareja fue un crápula
de aquellos.
3 - Al protagonista lo persiguen sus antiguos compañeros de
tropelías, individuos malísimos, con años y años
en el delito que, sin embargo, son abatidos como moscas por el muchachito
al que ni siquiera lo rozan las dieciocho mil balas que les tiran estos
avezados delincuentes.
4 - Los malos no dudan ni medio segundo en matar a cualquiera, salvo al
muchachito al que, cuando lo agarran, le empiezan a explicar porque lo
deben matar. Se pasan tanto tiempo explicándole que termina
llegando la policía del distrito, los federales, los bomberos, los
periodistas de la tele y los vecinos curiosos, y detienen a este gangster
tarado (o lo matan, total, es un actor de reparto y no va a trabajar en la
continuación de la saga).
5 - A lo largo de la película, el protagonista (o en su defecto,
un actor secundario que trabaje de cómico) dice frases graciosas en
los momentos más difíciles. Se supone que las ocurrencias
humorísticas sirven para distender los nervios, pero nadie le da
pelota, salvo nosotros que las sufrimos.
6 - Los distintos personajes no deben inmutarse frente al tendal de
muertos que tienen a su alrededor, ni aun cuando los muertos sean los
propios padres. El guión es de acción y no puede detenerse
en sensiblerías. El que se murió, se murió, y a otra
cosa.
7 - Al final de la película el protagonista sale ileso, pero con
la ropa rota y más mugriento que olla de cuartel, y en lugar de
lavarse un poco, va y se abraza con su novia/esposa/compañera
(tache lo que no corresponda) y ella -en lugar de decirle lo que le diría
una mujer normal (por ejemplo, la nuestra): “Bañate, sucio de
porquería”- lo abraza, y se van caminando en medio de autos
reventados, muertos ensangrentados y policías que siempre llegan
tarde y andan al pedo, pero hacen número. Antes que termine la
proyección, y durante la tanda, nos anuncian que la semana
siguiente darán otra de acción y suspenso, que será
igual a ésta. Lee otras notas de Julio
Cesar Parissi aquí
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